Los susurros del ayer que enamoran a Andrés Cepeda

A Andrés Cepeda lo cautivan los sonidos añejos, esos que creció escuchando en los acetatos que su papá ponía en el tocadiscos de su casa. Boleros cantados por el cubano Benny Moré o el boricua Tito Rodríguez. “Son de esas canciones que más me gustan en la vida, tienen un sonido que me encanta”.

Una vez trató de emularlo, cuando lo invitaron a participar, musicalmente, en la novela El Inútil en 2001 y grabó la canción Piel Canela. “fue como une evocación a lo que recordaba de mi infancia y cuando la terminé quedé aún más enamorado de esa sonoridad particular del Big Band”.

Ahí quedó la chispa que explotaría unos años después. Su amigo y colega Carlos Vives lo invitó a una fiesta en Santa Marta, “era un salón muy bonito y con una Big Band que ambientaba la velada”.

Como buen músico que ama cantar, Cepeda se subió al escenario e interpretó Negrura, del mexicano Güicho Cisneros: Tengo una pena en el alma / tengo una pena de amor / Desde que no puedo verte / mucho he llorado / porque yo tengo una pena en el alma / tengo una pena de amor / Cuando más pude quererte, sin detenerte te dije adiós.

“Eso fue hace unos 6 o 7 años y se me prendió ese deseo de hacer un disco así, empecé a buscar las canciones, con quien quería trabajar, los arreglistas, los tonos hasta que mas o menos ya tenía el show montado”, cuenta.

El concierto lo hizo en el Teatro Mayo Julio Mario Santo Domingo en diciembre de 2015 y “de ahí edité este álbum donde estaban algunas de las canciones que hacen parte de el show con el que me estoy moviendo últimamente”. De ahí nació el disco que tendrá una segunda parte con otros temas.

La vibración del Big Band

El cantautor bogotano define este formato como una banda con una base de piano, batería y percusión y el resto son vientos: “Saxofones, trombones y trompetas. Entonces con ese órgano el arreglista tiene que crear una serie de efectos y dinámicas”.

La historia de la música latinoamericana muestra cómo los locales estaban imitano lo que escuchaban de las orquestas de jazz americanas y “adaptándolas a nuestras canciones. En los años 40 y 50 es que se da ese sonido”.

¿Y qué es lo grandioso del mismo? “No es la individualidad de algún instrumento sino el hecho de que todos crean una masa sonora muy interesante, muy rica, con muchos colores y dinámicas y que con la participación de los vientos y metales tiene un color muy especial y acompaña muy bien, desde mi punto de vista, a los boleros”, precisa el artista.

Al preguntarle por qué rescatar esas armonías de los boleros de antaño, Andrés Cepeda describe la música, en general, como un péndulo. “Todos los ritmos tienen un fulgor, la inercia los lleva a un lado y otra cosa los reemplaza mientras vuelven y bajan. Lo hemos visto en la moda, en el cine, en nuestro gremio y hasta en la literatura. Es algo de la expresión humana, de la cultura, ir intercambiando sonidos, recordándolos, renovándolos”.

Por ahora este espectáculo se materializó en un disco, llegará el momento de llevarlo en vivo, en una gira, “tenemos muchas ganas de llevar la Big Band por varias ciudades del país, esto implica un ejercicio muy interesante”.

El equipo de esta configuración rítmica consta de 40 a 50 personas entre técnicos y músicos, “viajar con tanta gente no es práctico”. Normalmente lo que hacen es desplazarse con el primer instrumento de cada una de las secciones y a la ciudad a la que llegan incorporan músicos locales, “nos hemos dado cuenta, haciendo este ejercicio, que hay muy buenos músicos para este formato y que lo manejan muy bien. Es fácil viajar así”.

A la hora de escoger el repertorio, Cepeda fue muy práctico, “lo seleccioné con el corazón. Las canciones que más me gustan son las que van, esa es mi premisa en este momento, las que me traen mejores recuerdos. Cantar esos temas favoritos se siente muy bien”.

Interpretar las melodías con la Big Band hace sentir a Andrés Cepeda en una época en la que le hubiera gustado vivir. A más de uno seguro le pasará lo mismo al escucharlas.