La Revolución iraní, cuarenta años después: de la teocracia a la 'normalidad'

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Las protestas masivas a favor del Ruhollah Jomeini en enero de 1979

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Agence France-Presse — Getty Images

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En febrero de 1979, Teherán era un caos. El sah Mohamed Reza Pahlavi, el autócrata cuyo gobierno era respaldado por Occidente, había huido en enero para exiliarse y había dejado atrás un consejo regente que se tambaleaba. Mientras que el 1 de febrero regresó de su exilio en París el gran ayatolá Ruhollah Jomeini, el padrino de la revolución. En el plazo de diez días, exactamente el 11 de febrero de 1979, las manifestaciones callejeras tiraron al gobierno del sah.

Los iraníes eufóricos bailaban en las calles mientras evadían a los soldados; algunos francotiradores a favor del gobierno permanecieron apostados y disparaban desde los techos. Las familias se sumaron a las protestas masivas, mientras justicieros saqueaban licorerías y la gente besaba la frente de los clérigos que encabezaron la revolución.

Hace cuarenta años, los iraníes se desbordaban de orgullo, esperanza y la expectativa de un mejor futuro. Los sueños de libertad y de independencia de Estados Unidos habían avivado a los revolucionarios. Sin embargo, un cambio tan profundo y veloz puede provocar heridas fuertes y duraderas. Hubo azotes, ahorcamientos, amputaciones y encarcelamientos masivos. Miles de personas murieron y cientos de miles abandonaron el país; algunos huyeron por sus vidas y nunca volvieron.

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El gobierno de Mohamed Reza Pahlavi colapsó el 11 de febrero de 1979, cuando el sah ya se había exiliado por los disturbios.

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Michel Setboun/Corbis vía Getty Images

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La toma de rehenes en la Embajada de Estados Unidos en Teherán, en noviembre de 1979

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Alain Mingam/Gamma-Rapho vía Getty Images

Después de esos primeros años sangrientos se estableció un régimen muy revolucionario: una república islámica, una teocracia cimentada en la ideología planteada en gran medida por Jomeini.

Se pusieron en vigor nuevas reglas que prohibían muchas cuestiones que llevaran a una posible perdición de la gente que impidiera su ascenso a una vida divina después de morir: se establecieron controles estrictos a los medios, así, los iraníes quedaron aislados de muchas influencias occidentales; una segregación absoluta de los sexos en lugares públicos; la obligatoriedad de que las mujeres usen velo; prohibiciones al alcohol y a mostrar instrumentos musicales en la televisión; había hasta reglas que prohibían a las mujeres andar en bicicleta. Era una lista prácticamente interminable de prohibiciones, que la policía moral y la fuerza paramilitar Basij hacían cumplir fervientemente y a veces con brutalidad.

No obstante, a lo largo de los años y a medida que el fervor revolucionario daba paso al anhelo de una existencia más normal para muchas personas, la implementación de esas reglas se tornó más negociable. El sistema político sigue siendo en su esencia el mismo que en esos primeros años, pero la sociedad ha cambiado poco a poco, a veces de una forma casi imperceptible. Esos cambios han sido enormes y en la actualidad Irán, en este cuadragésimo aniversario, es un país mucho más “normal” y en línea con los deseos de los iraníes de a pie.

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La tumba de los mártires desconocidos, sitio dedicado a los iraníes que fallecieron en la guerra contra Irak de 1980 a 1988

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Arash Khamooshi para The New York Times

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Al inicio del régimen islámico revolucionario, los varones y las mujeres tenían que estar separados en público. Aunque eso ya no sucede en muchos lugares, se mantiene en los vagones de autobuses.

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Arash Khamooshi para The New York Times

Transcurrió bastante tiempo antes de que los cambios acumulativos se hicieran tan evidentes. La primera vez que visité Irán como un joven reportero se acababa de cumplir el vigésimo aniversario de la Revolución islamista y el país aún se mantenía muy en línea con la imagen revolucionaria. Por doquier había rascacielos con murales antiestadounidenses o retratos de quienes fallecieron durante la guerra de Irak de 1980 a 1988.

El constante ruido del tráfico provenía de Paykans, autos fabricados en Irán. En un parque pequeño cercano a donde vivía los jóvenes se reunían en secreto, en algunas de las bancas menos visibles, para esconderse de los ojos fisgones de sus padres y de la policía moral.

En esos días, el otro Irán se veía solamente a puerta cerrada, dentro de casas. Al cruzar la puerta uno ingresaba a una realidad casi distinta donde las reglas que sí se acataban en las calles desaparecían como por acto de magia.

En las casas se contaban historias, anécdotas y se oían fuertes risas; después la gente bailaba y escuchaba canciones de música pop contrabandeadas desde Los Ángeles. A menudo, la música era acompañada por alguien que tocaba un tambor o, si no había ninguno a la mano, un sartén para arroz de algún estante de la cocina. Todo el mundo —contadores, periodistas, doctores, enfermeras— disfrutaba de ir a fiestas los fines de semana, las cuales técnicamente eran ilegales.

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En este complejo de esquí a las afueras de Teherán, las iraníes pueden no usar sus velos.

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Arash Khamooshi para The New York Times

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Una sesión fotográfica de moda

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Arash Khamooshi para The New York Times

Los iraníes se volvieron adeptos para interpretar distintas versiones de sí mismos según dónde estaban. No obstante, con el paso de los años, los cambios comenzaron a pasar la puerta de entrada de las casas y se volvieron más notorios en las calles.

Hace muchos años mi esposa, una fotógrafa, decidió ponerse un aro de la nariz y la despidieron de inmediato. Los editores se consideraban reformistas, pero seguían pensando que las perforaciones eran despreciables y occidentales. Ahora se ven en todas partes.

Incluso se llega a ver a mujeres iraníes cuyo cabello teñido de rosa y otros colores se asoma debajo del velo. Las mujeres se mueven por el tráfico en bicicletas, algo que antes se consideraba indecoroso. Hasta se les puede ver conduciendo motocicletas.

Aunque la televisión estatal aún se rehúsa a mostrar instrumentos musicales, en Teherán hay músicos callejeros. Un día me detuve a escuchar a dos jóvenes, uno en la batería y otro en la guitarra, y de pronto aparecía una mujer joven con un bajo para unírseles. En ocasiones, el Estado sí toma represalias y arresta a algunas personas en esfuerzos intermitentes por echar atrás los cambios, pero son retenciones temporales. En algunas ocasiones parece que ya se dieron por vencidos de implementar ciertas prohibiciones.

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Behnaz Shafiei (derecha) hace motocross y es la primera iraní en participar profesionalmente en competencias de carrera en moto.

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Arash Khamooshi para The New York Times

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Una pareja iraní camina abrazada en público.

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Arash Khamooshi para The New York Times

Las conexiones con el mundo exterior —el internet, por supuesto, pero en particular las transmisiones de televisión satelital que rompieron el aislamiento— fueron impulsores cruciales del cambio.

Un día, la policía hizo una redada en el edificio de apartamentos donde vivíamos y destruyó las antenas de satélite que estaban en el techo. La única que quedó fue la mía, pues al ser periodista contaba con un permiso especial para tener una. Esa noche unas veinte vecinas me acompañaron en la sala de estar para ver su telenovela turca favorita. Al día siguiente, todas ya tenían otra vez antenas nuevas.

La policía también ha cedido en esa lucha; sencillamente hay demasiadas antenas. Los iraníes pueden ver más de doscientos canales en persa que operan desde el extranjero, que muestran desde el programa de telerrealidad Keeping Up With the Kardashians hasta noticias que no han sido filtradas y películas de Hollywood.

Antes si una pareja heterosexual se daba la mano en la calle, la gente se les quedaba viendo; no eran bien vistas las muestras públicas de afecto. Hoy esas parejas abundan en parques, se dan besos sin mayor preocupación y se abrazan durante los conciertos de rock.

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Por mucho tiempo los automóviles importados estuvieron prohibidos; ahora se promocionan en espectaculares.

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Arash Khamooshi para The New York Times

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Un concierto de rock de Ivan Band, una de las agrupaciones más populares. En 1979 el liderazgo clerical prohibió mostrar instrumentos musicales en televisión.

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Arash Khamooshi para The New York Times

Instagram no ha sido bloqueada en Irán y ha revolucionado la manera en que los iraníes se ven a sí mismos. La aplicación para compartir fotos ha sido un importante motor de cambio en un país donde todo estaba oculto. En 2002, cuando me mudé aquí, las fotos todavía se tomaban en rollo y debíamos ser cuidadosos al revelarlas, porque iban a un laboratorio donde alguien podría ver algo que podía causar problemas.

Sin embargo, hace poco, cuando agregué a una de mis vecinas como amiga en Instagram, tenía varias fotografías de ella sin velo y divirtiéndose en fiestas.

Claro que la política es otra historia: en 2009, con la Revolución Verde, la gente protestó en contra de una elección considerada fraudulenta, pero esas manifestaciones fueron reprimidas con violencia. Quienes están en el poder siguen siendo casi los mismos que hace muchos años. Aunque los líderes iraníes sí enfrentan presiones sobre cambiar las leyes y costumbres para reflejar los cambios sociales, o aferrarse a los ideales revolucionarios de hace cuatro décadas.

Aún así, en Irán se han derrumbado los muros que durante mucho tiempo dividieron lo privado de lo público, y ahora los iraníes usan las calles como les place.

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El puente Tabiat es uno de los sitios más pintorescos de Teherán.

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Arash Khamooshi para The New York Times