“Hubo muertos en todas partes”: las voces de testigos de la Masacre de las Bananeras

“La huelga grande estalló. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los trenes de ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los pueblos”, así relató Gabriel García Márquez, En Cien años de soledad, el inicio de la gran huelga de trabajadores de la zona bananera. 
La manifestación, que inició el 12 de noviembre de 1928, terminó brutalmente sofocada en Ciénaga a manos del Ejército el 6 de diciembre a la 1:30 de la madrugada. 
Durante ese lapso, cerca de 30.000 personas vinculadas a la United Fruit Company se movilizaron para exigir mejores condiciones laborales a una empresa que pagaba con vales y ni siquiera los reconocía como trabajadores.
El 5 de diciembre por la noche, el corazón de la huelga llegó a la estación de tren de Ciénaga. La fuerza pública apareció para disolverla a las buenas y luego a las malas.
“La ley marcial facultaba al ejército para asumir funciones de árbitro de la controversia, pero no se hizo ninguna tentativa de conciliación”, escribió Gabo. 
El relato del escritor colombiano, sacude en paralelo con la declaración de Israel Arturo González, sobreviviente de la matanza. 
“Hubo intervención de la fuerza pública en las calles. Mi papá me decía que había mucha zozobra y mucho miedo”, narra González. 
Entonces, decreto en mano, el general Carlos Cortés Vargas, comandante de las fuerzas del Magdalena, les dio a los asistentes apenas cinco minutos para desalojar la estación.
“Señoras y señores, tienen cinco minutos para retirarse”, narró García Márquez. 
Según Israel González, el inicio de la masacre se sucedió minutos después. 
 “Ellos no aceptaron, los mandaron a desalojar. Los líderes en el momento dijeron no, tomen sus cinco minutos. Transcurridos los cinco minutos, en unas ametralladoras que me dice mi papá, dispararon sin misericordia durante cinco minutos”, asegura Israel. 
Ismael Lara, otro cienaguero que salió vivo de la estación, había de recordar toda su vida el sonido de las balas. Así se lo contó a su nieto.
“Dice que mi abuelo que se oían como zumbaban, como había unos rieles de linea y vagones que eran de hierro, dice él que se oye como zumbaba lo que era el proyectil. De manera que se oía muy feo dice mi abuelo”, narra el pariente. 
En el relato de Gabo, en Cien años de soledad, es patente el pánico de los trabajadores. 
“El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto”, contó el escritor. 
“Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario, despedida por el otro coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua”, agrega el relato literario. 
Horas después, con cuerpos tirados y un alba con olor a pólvora, Ciénaga amaneció abrazada por la muerte. Carmen Larius García, de 102 años, la última cienaguera sobreviviente de aquel día, recuerda el crudo cuadro.
“Cuando esa huelga yo estaba como de 12 años. Yo recuerdo mucho esa cosa, que hubo muertos en todas partes. Pa, pa, pá y amanecían donde están las palmas de coco. Eso se recogía como 8 muertos”, cuenta Carmen Larius. 
Una buena parte de la controversía histórica ha girado alrededor del número de muertos, más que a la gravedad de los hechos. El parte oficial dice que fueron 9, el general Carlos Cortéz Vargas habla de 47, algunos historiadores de por lo menos 1.000, y Gabo exagera con la famosa cifra de 3.000.
Lo cierto es que hay varios indicios que mostarrían que el Ejército de la época maquilló la tragedia lo más que pudo y que los relatos del lanzamiento de cadáveres al mar son ciertos. 
La mamá del escritor cienaguero Guillermo Henríquez aseguró haber presenciado esta última escena. 
“Ella de doce años, estaba en su balcón, en la calle esta que se llama Bolívar 7. A la una de la manana vio el carro Ford que traía unos muertos y los llevaba hacía el mar. Mi mama lo vio”, narra Guillermo Henríquez.
Nueve décadas después de la Masacre de las Bananeras, el Estado continua apático y ajeno a una matanza de la que se sabe fue autor y responsable. Los cienagueros, aún, no comprenden el abandono. 
Han sido 90 años de soledad de la historia de una masacre que ha fascinado a cientos de historiadores y periodistas. Es la historia de un crimen narrado entre documentos y novelas, que ha logrado que los colombianos confundan la historia con la leyenda.