El rompecabezas del éxito de Octavio Zambrano

En Latinoamérica, como en todo el mundo, la pasión por el fútbol tiene el mismo primer recuerdo: corriendo detrás de un balón. El lugar varía: unos son en extensos campos sin límites demarcados, otros son en canchas de arena o, en este caso, en pequeñas calles. El amor es incontrolable y, por lo general, rompe barreras y trasciende los diversos obstáculos que se levantan. Así le sucedió a Octavio Zambrano, hoy técnico del Independiente Medellín, finalista de la Liga Águila contra el Júnior de Barranquilla. Sus primeros piques fueron en las angostas vías de Guayaquil. No pasaba de los ocho años cuando se dio cuenta de que por sus venas corría un gusto incalculable por el balompié.

Así empezó a seguir ese camino empedrado y lleno de trampas ilusionantes. Se formó en el colegio hasta que firmó con el equipo Guayaquil Sports (posteriormente, Unión Deportivo Valdez), allí demostró la técnica con el balón que puede ganar un jugador, cuando se forma fuera de las escuelas deportivas. Sus piernas hacían magia, desaparecían y aparecían el esférico, era ágil y rápido. Todas esas cualidades lo hicieron debutar, a los 17 años, en la primera división de su país. Hacer parte de la selección juvenil de Ecuador y ser pretendido por uno de los equipos más grandes: Barcelona de Guayaquil. (Lea aquí: Octavio Zambrano: “Medellín debe hacer valer su poderío ofensivo”)

Pero la negativa del Unión Deportivo Valdez de transferirlo lo hizo atravesar fronteras y con 19 años se fue a Estados Unidos a estudiar. “En esa época, si uno dejaba de jugar por dos años, recuperaba sus derechos. Así que pensé: ‘me voy para Estados Unidos, estudió inglés y regreso para jugar con el Barcelona”. Eso hizo, pero cuando volvió algo dentro de él ya había cambiado. Sentía que estar en Ecuador era un retroceso a todo lo que había aprendido en el país del norte; y aunque se ganó un puesto en el Barcelona, tuvo que armarse de valor para tomar la decisión más importante de su vida: dejar el fútbol profesional.

Regresó a California, en donde continuó sus estudios en Ciencias Políticas, que era un ‘mayor’ que estaba haciendo en la universidad, que combinaba, a su vez, con un ‘minor’ en Educación Física. En ese momento, estaba enfocado en aprender sobre la sociedad norteamericana y el fútbol, deporte que nunca pudo dejar de lado, que siempre continuó practicando. Tanto así que le ofrecieron jugar en una liga semiprofesional que se estaba creando, cuando comenzaba el ocaso de la NASL (North American Soccer League), la cual fue un torneo por el que pasaron grandes futbolistas como Pelé, Johan Cruyff o Franz Beckenbauer. (Lea también: Comesaña: “Júnior está preparado para lo que va a enfrentar”)

Para esa época (principio de los 80), por su carrera habían pasado dos tipos de entrenadores, uno inglés y el otro yugoslavo. Ambos le empezaron a abrir los ojos sobre las diferentes tácticas de jugar al fútbol. Y esas enseñanzas lo marcaron tanto que tan solo jugó dos años más y prefirió dedicarse a enseñar lo que había aprendido de sus maestros. Por eso, a partir de ahí, se dedicó a formarse como entrenador y lo hizo sin inconvenientes, gracias a que previamente invirtió en el boom de la construcción en California, lo que le dejó una solvencia económica necesaria para poderse costear su carrera y vivir tranquilo en esos momentos, en los que sería común sentir las angustias de las presiones económicas del día a día, en un país como ese.

No es un hombre que aprendió de una sola escuela. En su trabajo actual mezcla los conocimientos que le dejaron su técnico de la universidad y el brasileño Rildo Menezes. Posteriormente, siguió a la selección de Estados Unidos en el Mundial de 1994 y se hizo buen amigo del serbio Bora Milutinovic, entrenador de ese combinado. Dos años más tarde se convirtió en asistente técnico del alemán Lothar Osiander, en Los Ángeles Galaxy, el cual más adelante fue el primer equipo profesional que dirigió.

Sin embargo, lo dejó todo para irse a especializar en Holanda, con Leo Beenhakker. En 1999 agrupaba el conocimiento de cinco estilos diferentes del fútbol y todos los apropió de la mejor manera. Sin embargo, la base es brasileña: “Rildo siempre hizo hincapié en que el fútbol era un espectáculo para disfrutarlo, y no solamente jugándolo, sino también para que los espectadores se deleitaran. El trato del balón es fundamental para que esto suceda”.

Ese es el consejo que sigue al pie de la letra y, gracias a este, llegó a interpretar el deporte como una vivencia que tiene mucho que ver con el arte y con las disciplinas artísticas del espectáculo. “El fútbol es velocidad, fuerza, pero también es estética, fineza”, dice constantemente. Así logró una carrera llena de grandes resultados, que lo han hecho viajar por Estados Unidos, Moldavia, Hungría, Canadá y por los que regresó a tierras suramericanas: Ecuador y Colombia. En el país se dio a conocer en el Deportivo Pereira, con el que logró un récord de puntos en un semestre (43, en el 2012). No obstante, no le alcanzó para que el cuadro matecaña ascendiera a la primera división. (Lea aquí: Júnior y Medellín, a dar el primer golpe en final de la liga)

Por razones económicas dejó el equipo en el 2013 y fue hasta este 2018 cuando regresó a Colombia para dirigir al Independiente Medellín. “El presidente ya me conocía, porque tuve varios acercamientos con otros equipos durante años pasados, me hizo la llamada y en 48 horas llegamos a un acuerdo”, recuerda como si estuviera firmando el contrato. Al Medellín quiere imprimirle esa lección que le dejó Rildo Menezes, y aunque no ha sido fácil, de a poco, va dejando su rúbrica en el equipo antioqueño, con el que ha tenido que vivir horas de presión, sufrimiento, y ahora de alegría.

“¿Quién es ese Zambrano?”, se preguntaban la mayoría de los hinchas del Medellín, quienes no confiaban en él. Primero por ser un desconocido y segundo por su nacionalidad. Claro que esos argumentos no fueron más que motivos para que él trabajara con la intención de demostrar quién era. Su huella la ha dejado en cada uno de sus jugadores, quienes reconocen su capacidad como líder, motivador y un hombre de fútbol táctico. En cada momento de crisis, durante el semestre, fue el señalado, pero a largo plazo los resultados le han dado la razón. Ahora ha convencido a la mayoría, a una hinchada exigente que está con sed de triunfo y sueña con volver a dar una vuelta olímpica. “Todos los procesos futbolísticos tienen altibajos y eso es normal. Nosotros en el momento que tuvimos un bache futbolístico llevábamos dos meses en nuestra gestión deportiva. Sufrimos el éxodo de dos jugadores importantes para el equipo y sufrimos por esas ausencias. Tocó aprovechar a personas como Germán Cano, David González, Juan Fernando Caicedo, Yulián Anchico y Hernán Pertuz, que son jugadores con suficiente experiencia”. Su rompecabezas comienza a coger forma.