Belisario Betancur visto por su amigo Gabo

Por un error de cálculo en el huso horario, llamé al Palacio Presidencial a las tres de la madrugada. La impertinencia se me hizo más alarmante cuando escuché en el teléfono al Presidente de la República en persona. “No te preocupes –me dijo, con su cadencia episcopal–. En este empleo tan complicado ya no queda otra hora para leer poesía”. Pues en esas estaba el presidente Belisario Betancur en aquella madrugada trémula del poder: releyendo los versos matemáticos de don Pedro Salinas, antes de que llegaran los periódicos a amargarle el nuevo día con las fantasías de la vida real.

Hace novecientos años, Guillermo IX, gran duque de Aquitania, se desvelaba también en las noches de la guerra componiendo serventesios libertinos y romances de amor. Enrique XIII –que devastó bibliotecas únicas y le cortó la cabeza a Tomás Moro– terminó en las antologías del ciclo isabelino. El zar Nicolás I ayudaba a Pushkin a corregir sus poemas para impedir que tropezaran con la censura sangrienta que él mismo había impuesto. La historia no se mostró tan truculenta con Belisario Betancur porque no fue en realidad un gobernante que amaba la poesía sino un poeta a quien el destino le impuso la penitencia del poder. Una vocación dominante, cuya primera trampa le salió al paso a los doce años en el seminario de Yarumal. Así fue: fatigado por la rigidez de la rosa rosae rosarum Belisario escribió sus primeros versos de una clara inspiración quevediana, antes de leer a Quevedo y en octosílabos maestros antes de leer a González:

Señor, señor, te rogamos,

y rogaremos sin fin,

que caigan rayos de mierda

al profesor de latín.

El primero le cayó a él mismo, con la expulsión inmediata. Y Dios supo bien lo que hizo. De no haber sido así, quién sabe si hoy estuviéramos celebrando los setenta años del primer papa colombiano.

Los jóvenes de ahora no pueden imaginarse hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. No se decía primero de bachillerato sino primero de literatura y el título que se otorgaba a pesar de la química y la trigonometría era bachiller en letras. Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá no era la capital del país ni la sede del gobierno, sino la ciudad de lloviznas heladas donde vivían los poetas. No sólo creíamos en la poesía sino que sabíamos con certeza –como lo diría Luis Cardoza y Aragón– que es la única prueba concreta de la existencia del hombre. Colombia entraba en el siglo XX con casi medio siglo de retraso gracias a la poesía. Era una pasión frenética, otra manera de vivir una especie de bola de candela que andaba de su cuenta por todas partes: uno levantaba la alfombra para esconder la basura y no era posible porque allí estaba la poesía; se abría el periódico, aun en la sección económica o en la página judicial, y allí estaba; en el asiento de la taza de café, donde quedaba escrito nuestro destino, allí estaba. Hasta en la sopa. Allí la encontró Eduardo Carranza: “Los ojos que se miran a través de los ángeles domésticos del humo de la sopa”. Jorge Rojas la encontró en el placer lúdico de una greguería magistral: “Las sirenas no abren las piernas porque se quedaron escamadas”. Daniel Arango la encontró en un endecasílabo perfecto, escrito con letras urgentes en la vitrina de un almacén: “realización total de la existencia”. Hasta en los orinales públicos donde la escondían los romanos, allí estaba: “Si no le temes a Dios, témele a la sífilis”. Con el mismo terror reverencial con que íbamos de niños al zoológico, íbamos al café donde se reunían los poetas al atardecer. El maestro León de Greiff enseñaba a perder sin rencores al ajedrez, a no darle ni una sola tregua al guayabo y, sobre todo, a no temerle a las palabras. Ésa es la ciudad a donde llegó Belisario Betancur cuando se lanzó a la aventura del mundo, entre el pelotón de antioqueños sin desbravar, con el sombrero de fieltro de grandes alas de murciélago y el sobretodo de clérigo que lo distinguía del resto de los mortales. Llegó para quedarse en el café de los poetas, como Pedro por su casa.

A partir de entonces, la historia no habría de darle un minuto de tregua. Y menos aún, como bien lo sabemos, en la Presidencia de la República, que fue tal vez su único acto de infidelidad a la poesía. Ningún otro gobernante de Colombia tuvo que enfrentar al mismo tiempo un terremoto devastador, la erupción de un volcán genocida y dos guerras sangrientas, en un país prometeico que hace más de un siglo está matándose por las ansias de vivir. Creo, sin embargo, que si logró sortearlo todo no fue sólo por su hígado de político, que lo tiene, y muy bien puesto, sino por el poder sobrenatural de los poetas para asumir la adversidad.

Se han necesitado setenta años y la infidencia de una revista juvenil para que Belisario se revelara por fin al desnudo, sin las tantas hojas de parra de tantos colores y tamaños como ha usado en la vida para no asumir sus riesgos de poeta. Es, en el remanso de la tercera edad, una digna y hermosa manera de volver a ser joven. Por eso me pareció tan justo que esta concurrencia de amigos sucediera en una casa de poesía. Y sobre todo en ésta, en cuyas madrugadas se escuchan todavía los pasos sigilosos de José Asunción, desvelado por el rumor de las rosas, y donde hemos vuelto a encontrarnos muchos de los amigos que más queríamos a Belisario, desde antes de que fuera presidente, los que tantas veces lo compadecimos mientras lo fue, y los que seguimos queriéndolo más que nunca ahora que ha logrado el raro paraíso de no serlo ni desearlo.

*Palabras pronunciadas por Gabriel García Márquez en Bogotá, el 18 de febrero de 1993 durante la celebración del setenta aniversario del expresidente de Colombia Belisario Betancur


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