Migrantes de la caravana salvadoreña: muchas esperanzas, nada que perder

SAN SALVADOR (apro).- Ella estaba parada con un pie en el suelo y el otro en el aire, como un flamenco que en la arena espera infinitamente aburrido la puesta del sol. A su costado, con un bebé en brazos, cubierto con una manta azul y una pañalera, se encontraba su marido. Frente a ellos, sus hijos de tres y ocho años de edad corrían gritando detrás de una pelota de plástico.

Eran las 7:30 de la mañana. Hacía una hora que habían llegado a la plaza Salvador del Mundo. No eran los únicos que aceptaron la convocatoria. No eran los únicos que esperaban la señal para partir.

Fátima Carpio, que así se llama ella, tiene 25 años de edad. Vivía en Quezaltepeque, una pequeñísima ciudad a 26 kilómetros de distancia de San Salvador. Juan, su marido, es jornalero. Ella se dedica a muchas cosas: lavar y planchar ropa de sus vecinos, asear casas ajenas, sembrar milpa, rozar caña, cortar café.

El domingo 28 de octubre vio las noticias de la primera caravana de salvadoreños que huyó a Estados Unidos. Buscó más información en Facebook y encontró un enlace a un grupo de WhatsApp “caravana occidente 2”. Se unió. Observó las conversaciones. Se convenció que era una oportunidad imperdible para iniciar la búsqueda de una vida diferente.

Tres días después Fátima y Juan prepararon las maletas y salieron temprano de la casa con los niños.

¿Por qué se fueron? Los motivos de Fátima y su familia son simples, evidentes: está cansada de la pobreza y ya perdió la esperanza de mejorar su situación en el país. Más bien lo contrario: de un tiempo a esta parte todo ha empeorado.

“Yo quiero que los niños vivan diferente, que tengan lo que yo nunca he tenido”, dijo.

A eso sumó la violencia: quiere evitar a toda costa que cuando sean grandes sus hijos caigan en las redes de las pandillas. También aseguró que no teme a las amenazas de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, que a golpe de tuit llama “criminales” a los integrantes de las caravanas, e instiga a los militares a responder con balas en caso de que los migrantes les tiren piedras. “Tengo fe que Dios le tocará el corazón cuando vea que nosotros solo queremos trabajar”.

Mientras hablaba de la fe en su dios y de que no tiene nada que perder con intentarlo, uno de los centenares de migrantes que se concentraron en la plaza Salvador del Mundo, en San Salvador, gritó “¡¡Vámonos!!” y los migrantes comenzaron a moverse rápido. La marcha inició a las ocho de la mañana. Tomó la alameda Manuel Enrique Araujo, avanzó frente a Casa Presidencial, donde Carlos Salmerón, uno de los integrantes de la caravana, gritó señalando el lugar donde Salvador Sánchez Cerén y sus ministros trabajan: “Presidente, usted nunca hizo nada por nosotros, el pueblo; tenemos hambre y necesidad de trabajo”.

Su ímpetu llamó la atención de los periodistas locales que se lanzaron con sus micrófonos y sus grabadoras sobre él.

“No es fácil llevar comida a casa día con día, ver a tus hijos que te dicen: ‘mami, papi, tengo hambre’, pero el niño no sabe si mamá o papá tiene trabajo; los que vamos aquí, la mayoría no tenemos trabajo”, explicó.

Luego la marcha tomó el bulevar Monseñor Romero rumbo al occidente del país. La caravana se disgregó en pequeños grupos: unos caminaron sin pestañear bajo el sol, otros se subieron a vehículos que les ofrecieron aventón, otros simplemente se subieron a pick ups y camiones sin que les ofrecieran aventón. Incluso los vehículos de la prensa sirvieron para sus propósitos. José Eduardo Rivas y su cónyuge, Francisca, se subieron a uno de éstos.

Él no viajaba por primera vez. En realidad, ha entrado y salido de estados Unidos 12 veces y siempre indocumentado. 20 de sus 59 años de vida han transcurrido fuera del país más pequeño de Centroamérica. Trabajó en construcciones en California y en Houston, y con el dinero que ganó, pagó los estudios universitarios a sus hijos. Regresó a casa hace más de un año, pero no tuvo más remedio que volver a migrar porque necesita dinero para mantenerse.

Pese a los años de trabajo no logró acumular lo suficiente para descansar en su vejez. José Eduardo, que conoce de fronteras tanto como un judío jasídico conoce la Torá, dijo no temer en absoluto a la creciente militarización de las fronteras estadunidenses ni al encolerizado discurso de Trump.

¿Por qué no quedarse a vivir en el país si ya está entrando en la vejez? Su respuesta es similar a la de Fátima: el dinero que se gana en el país centroamericano no alcanza más que para llevar una vida de penurias. Los 300 dólares que aquí gana en un mes trabajando como empleado, en California los puede ganar en tres días laborando de 8 de la mañana a 10 de la noche. Además, y aunque sus hijos ya sean independientes, quiere seguirles ayudando hasta que tengan plena autonomía económica.

“Aquí nos matamos trabajando y nunca pasamos de lo mismo, en cambio allá trabajas mucho, pero sabes que vas a ganar bien. ¿Cuánto es lo más que puedes ganar aquí al día? Diez dólares. Con eso sólo puedes comprar tortillas, café, azúcar y se te acaba todo”, ejemplificó.

Con José Eduardo y su esposa también se subió a la pick up de los periodistas Karina González, quien viajaba con su hijo Ricardo, de cinco años de edad. Ella y su pequeño vivían en Jiquilisco, Usulután. También se sumaron a la caravana para huir de la pobreza.

Iban entre mil 300 y mil 500 migrantes de todas las edades: desde niños con menos de un año de edad, pasando por jóvenes y adultos, hasta personas de más de 60 años de edad. También procedían de todas las zonas del país: San Salvador y su periferia, Santa Ana, Sonsonate, San Miguel, La Unión, Usulután, La Paz, Cabañas, Cuscatlán y otros.

Entre ellos había obreros, campesinos, estudiantes, profesionales desempleados, padres y madres de familia, hijos, hermanos. El primer grupo partió a las 6 de la mañana. El segundo a las 8 y el tercero a las 10. Pero la primera caravana de todas comenzó su viaje el domingo 28 de octubre a las 9 de la mañana; se ha dicho que en ésta viajaban entre 200 a 300 salvadoreños.

En 2012 el Ministerio de Relaciones Exteriores calculó que cada día salían entre 300 a 400 salvadoreños para intentar entrar indocumentados a Estados Unidos. Es decir, las caravanas visibilizaron lo que hasta hace un mes los salvadoreños hacían en silencio, a escondidas y en la madrugada: irse, porque no encontraron las oportunidades de movilidad social que deseaban o porque la muerte los asechaba.

En el país la migración ilegal es vista como una opción relativamente vergonzosa y, aunque no es rechazada, suele interpretarse como el signo de identidad de la marginalidad y la exclusión. Cuando las personas van a migrar se distancian de sus amigos y conocidos tiempo antes de partir, y sólo se sabe que ya no están hasta que la familia lo divulga, y lo hace hasta que ya cruzó la frontera y está seguro.

En el grupo de WhatsApp de la caravana, la retórica dominante fue la de la solidaridad, el compañerismo y la empatía. En él participaron números telefónicos registrados en México, Estados Unidos, Guatemala y en El Salvador. Usuarios con números registrados en Ciudad Juárez, Chihuahua, y Tapachula, Chiapas, dieron sugerencias a los migrantes sobre cómo comportarse en las fronteras, y las rutas más cortas a tomar para avanzar rápido y evitar encontrarse con narcotraficantes en el camino.

Pero un día antes de que la caravana iniciara su recorrido también de esas ciudades escribieron usuarios que insultaron a los salvadoreños y les aseguraron que en su país no iban a ser bienvenidos.

Javier Hernández, de 23 años de edad, fue uno de los miembros de la caravana que se animó mucho más a viajar después de ver en el grupo de WhatsApp que en México había personas dispuestas a ayudarles. “Siempre he tenido intención de irme, pero gracias a Dios que el grupo se unió, es una gran oportunidad”, afirmó. Es cocinero y trabajaba para un restaurante en Santa Tecla, uno de los municipios con los más altos índices de desarrollo humano del país. Su salario, sin embargo, era tan bajo que no le alcanzaba para satisfacer sus propias necesidades, y menos para las de su hijo de cinco años de edad y su hija de tres años. “En la casa hemos pasado muchas crisis, ya no podemos seguir así”, lanzó.

Los pocos grupos dispersos que siguieron a pie las primeras horas del trayecto lograron subirse a camiones y camionetas que les dieron aventón hasta la entrada al Occidente del país, donde se encontraron con controles vehiculares de la Policía Nacional Civil (PNC). Los uniformados detuvieron todos los vehículos en los que viajaban los migrantes, pidieron el permiso de conducir a los motoristas y tomaron fotografías de las placas.

De San Salvador salieron tres autobuses llenos de pasajeros; uno fue detenido y los migrantes fueron a conseguir otro aventón o seguir a pie rumbo a la frontera más cercana.

Los policías aseguraron que no tenían órdenes de detener las caravanas. Legalmente el Estado salvadoreño no tiene facultad para detener la migración de sus ciudadanos. Pero no explicaron por qué fotografiaron las placas de los vehículos ni las razones para retener uno de los autobuses.

Los grupos se dividieron definitivamente en la entrada a Guatemala: unos cruzaron la frontera San Cristóbal, en Santa Ana; otros, La Hachadura, en Sonsonate.

El grupo más numeroso se concentró en La Hachadura. Los mayores de edad empezaron a pasar sin ningún problema. Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador firmaron en 2006 el Convenio Centroamericano de Libre Movilidad que permite cruzar las fronteras de los cuatro países únicamente con el documento de identidad. Pero los menores de edad no pudieron pasar tan fácilmente: necesitaban pasaporte y viajar con un padre o un documento firmado y sellado por notario en el que uno de los mentores autorizase la salida de su hijo.

Esta fue la primera prueba: los que viajaban solos, sin pasaporte y sin permiso de sus padres quedaron retenidos en la oficina que para ese propósito abrieron la Procuraduría General de la República (PGR) y el Consejo para la Niñez y la Adolescencia (Conna).

Sólo en las primeras ocho horas intentaron pasar 25 menores de edad, de los cuales cinco fueron retenidos por no portar los documentos completos. Dos más que viajaban sin ninguno de sus padres fueron enviados a resguardo en San Salvador, es decir, a un orfanato, hasta que sus padres los reclamen.

Afuera de la oficina, Brenda Guzmán Campos, de 22 años de edad, esperaba a su novio de 16. Ella lloraba porque ya no iban a poder seguir el camino, ya que él viajaba sin ninguno de sus padres y sin pasaporte. Las abogadas de la PGR también les habían advertido que lo más seguro es que lo enviarían a un orfanato.

Hace cuatro años el hermano de Brenda fue asesinado. Padecía un leve retraso mental y fue al hospital psiquiátrico a traer medicinas. En el camino se perdió. Días después su cuerpo fue encontrado a un lado de una calle en Soyapango, una de las ciudades en mandan las pandillas.

Pero ese no es el principal motivo por el que Brenda y su pareja se animaron a unirse a la caravana. El de ambos, como los del resto de migrantes, es la superación económica.

Cerca de Brenda también esperaba Carlos C. Adentro, en la oficina, estaba uno de sus mejores amigos que también fue retenido por viajar sin sus padres y sin documentos.

Carlos y su amigo huyeron por temor a las pandillas. Viven en Cojutepeque, un municipio a 50 kilómetros de distancia de San Salvador, considerado hasta principios de 2017 uno de los más violentos del país. Por ejemplo: en el año 2015 fueron asesinados 49 ciudadanos; en 2016, 33. En el año en curso los asesinatos disminuyeron en comparación con los registrados los años anteriores.

Por eso la alcaldesa Guadalupe Serrano y el gobierno han promocionado a Cojutepeque como un lugar modelo en la reducción de la violencia.

“Decidimos irnos porque están matando a la gente; sólo en estos días mataron a cuatro chamacos (muchachos)”, contó Carlos, que por temor a la inseguridad prefirió que su voz no fuera grabada y que su nombre real no se incluyera en este artículo.

Para él no hay retorno. El Salvador se le acabó. Seguirá su camino a Estados Unidos. Únicamente esperaba que su amigo saliera para despedirse.

Cerca de las filas caminaba observando con acuciosidad Mauricio Ramírez Landaverde, ministro de Seguridad. A los periodistas que se habían quedado grabando más testimonios les dijo que la caravana era una nueva modalidad de tráfico de personas y que los promotores habían sido perfilados como “migrantes recurrentes”. Se le preguntó si ese término era equivalente a traficantes de personas. No respondió con claridad.

“Muchos de ellos son hombres jóvenes que tienen un historial de migración, muchos han sido retornados (deportados) múltiples veces, entonces ven en esto una oportunidad de migrar de forma segura y más barata”, dijo.

“No hay duda que aquí hay redes de traficantes involucradas”, reiteró, aunque aclaró que solo una persona había sido capturada por tráfico de personas.

De igual manera, advirtió que las autoridades iban a investigar a los migrantes que administraron los grupos de WhatsApp en los que se organizaron las caravanas. Dos días después de las declaraciones, grupos en Facebook administrados por policías divulgaron fotos de los supuestos organizadores.

Los grupos fueron cerrados. Sólo quedó funcionando uno nuevo llamado “Caravana Oriente”, que en un principio convocó a una otra marcha programada para el 14 de noviembre, pero los administradores suspendieron la convocatoria y cambiaron su discurso: en vez de migrar llamaron a los usuarios del grupo a no migrar indocumentados. También hablaron de ir en grupo a pedir visas de trabajo a la recientemente inaugurada embajada de Canadá en el país.