Chavela: la irreverente, la libre

Cuando eres verdad al final te impones” —Chavela Vargas.

Una niña distinta que seguiría siendo rebelde hasta el final de sus días, que bien prolongados fueron estos, así como repletos de angustias, amoríos y música. De esta última, fue la ranchera la de su predilección; un género musical que engrandeció con su voz desgarrada, ronca y llena de pasión. Esta fue la gran Chavela Vargas que nació en 1919 y en el 2012 nos dejó con un legado de nostalgia y bellas canciones. Mexicana de corazón aunque su país de nacimiento haya sido Costa Rica.

Dueña de una voz en la que predominaba la fogosidad, la interpretación desesperada y el desgarramiento del corazón, tanto del suyo como el del público que la escuchaba y que con fervor continúa haciéndolo. Supo interpretar las canciones populares con tanto acierto y peculiaridad que las transformó en eternas y suyas; difícil volver a otros intérpretes después de escuchar las de Chavela. Le bastaba con cantar, su histrionismo se focalizaba en la voz, en el timbre oscuro, en los silencios con que marcaba cada frase y en las que el público alelado retenía la respiración en espera de la siguiente frase que llegaba en el momento y tempo justos, con punzante y cargada emoción, desbordante al llanto, con el recuerdo de alguna pena, de algún amor perdido, de algún desvarío oculto, de una aventura clandestina del jardín secreto que sólo cada quien conoce. Ese es el deleite nostálgico, el gracejo de la gran Chavela, que pone a vibrar recónditos recuerdos.

De su vida y milagros rancheros nos habla el filme documental que nos trae Cine Colombia a las salas del país. Una vida difícil la de esta cantante melancólica que se abrió paso en los años 50´s y los que siguieron en un México machista que adoró su voz, pero rechazó la vida de la intérprete por considerarla inapropiada para una mujer, demasiado sincera, demasiado “hombruna”, demasiado igual a los hombres, que cantaba con prendas masculinas –pantalones y poncho–, fumaba tabaco, bebía mucho y cargaba pistola; como si poco fuera, afirmaba sentirse disfrazada de travesti cuando se vestía femeninamente.

Desplantes insolentes a una sociedad y a un tiempo que veía de mal ojo y censuraba a quien no siguiera sus conservadores preceptos, y la Vargas no los profesaba, los despreciaba y los infringía; para colmo de rabias de sus admiradores y críticos era lesbiana y no lo ocultaba, lo exhibía y le importaba poco o nada el rechazo. Padres y curas la repudiaron, estos últimos le rehusaron la entrada a la iglesia. Y ella desafiante continuó su trayectoria, la de mujer libre. Provocación que le causaría graves entuertos, tales como el ser vetada por Televisa, porque al patrón del poderoso canal le arrebató la novia.

Y de mujeres, para las que cantó, las tuvo a granel, las sedujo con sus melodías, compartió cama furtiva con las esposas de los grandes empresarios y políticos, así como con las grandes estrellas del momento. Las volvió sus amantes. Imperdonable. La lista es inmensa, pero baste citar a Frida Kahlo y a Ava Gardner. Cabe también destacar que muy cercano amigo y mentor fue el cantante y compositor mexicano José Alfredo Jiménez, gran cómplice de sus eternas parrandas. Cuentan que a su velorio, Chavela llegó borracha y destrozada, y que cantó llorando hasta desfallecer.

Pero por encima de estas amantes su más ferviente y asidua compañía, con quien elaboró su relación más durable fue el Tequila; numerosas noches y días juntos, bebía días enteros y seguidos, imposible dejarlo, era su sólido amarre, sobre todo en el escenario. Se volvió alcohólica obstinada. Por él dejó carrera y amoríos. Abandonó el canto durante 12 largos años, en los que vivió en la miseria y de la caridad pública. El mundo la dio por muerta. En algún momento de este aislamiento la invitaron a cantar en un cabaret, lo que hizo con lucimiento, a pesar de la falta de entrenamiento, y antes de salir a escena exigió que se le diera una botella de Tequila, como el productor del espectáculo se negaba, ella replicó que jamás había cantado sin estar ebria.

Por ese desbarrancadero rodaba vertiginosamente cuando un empresario español la rescató y llevó a su país; allí conoció al conocido cineasta Pedro Almodóvar quien la entronizó en los teatros ibéricos, la puso en uno de sus conocidos filmes, la sacó del alcoholismo y la hizo nuevamente relucir; la condujo, incluso, al celebérrimo Olympia de París en donde triunfó. Así reencauchada y admirada en Europa regresó a México que la recibió brazos abiertos y por primera vez cantó en uno de sus teatros, esta vez en el Bellas Artes, siempre lo había hecho en bares y cabarets.

Aún recuerdo aquella presentación del año 2004 cuando Fanny Mickey la trajo al IX Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Tardó tanto en salir a escena, se alargó tanto la presentación telonera de La Negra Grande de Colombia que el público abrumado conjeturó que esta dilación correspondía a su alta edad y que posiblemente nos interpretaría sólo un par de canciones. Que gran yerro, apareció Chavela y con ella la gran Sara Baras quien bella y excelente bailarina de flamenco nos engolosinó y embelesó a la reina ranchera que le lanzó piropos al cual más; un espectáculo inolvidable en donde buena parte de su repertorio pasó en revista. El público le pedía arrebatadamente una y otra canción y ella replicaba: “tranquilos, todas las cantaré, nos estoy de prisa”, ya tenía 85 años y estaba llena de vigor. Para finalizar después de horas con un: “Ahí les dejo este concierto pa´ ver quién lo mejora”. Difícil reto, de improbable alcance.

Para mí, su recuerdo sabrá a su hermosa canción “Las simples cosas” que tan hondamente gimoteaba:

Uno se despide

Insensiblemente de pequeñas cosas

Lo mismo que un árbol

Que en tiempo de otoño se queda sin hojas.

Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas

Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida

Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas.

Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso

Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo.

PD: Mi recomendación de asistencia a este estupendo filme documental presentado por pocos días (15 al 18 de noviembre 2018) en las salas de Cine Colombia en varias ciudades del país.


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